Palabras tan llenas de odio y a la vez tan vacías. Vox ha irrumpido en la sociedad con un mensaje homófobo, misógino, machista, xenófobo y muchos más “fobos”, pese a que afirman “no tener miedo”. Su discurso no solo es antidemocrático al defender la ilegalización de partidos por su ideología, sino que además es peligroso. Con una Europa que naufraga por la derecha, un partido fascista más puede marcar la diferencia. Pero, ¿qué diferencia a Santiago Abascal del resto de líderes?

Cualquier otro partido minoritario y peligroso nunca habría estado tan en boca de todo el mundo sin tener representación parlamentaria (antes de Andalucía) si no hubiera sido porque Vox no está solo. Los medios de masas que dedican jornadas enteras a una baja por paternidad de un político apenas han dedicado unos minutos al terrible escándalo del presidente de Vox en Lleida, acusado de presuntos abusos sexuales a personas con discapacidad. Aunque el partido fascista aseguró que era solo un militante de base al que han suspendido, lo cierto es que en diversas ocasiones lo han reconocido como su presidente en Lleida.

Estos mismos medios tampoco dan suficiente importancia a la denuncia de ex altos cargos de Vox que aseguran que la dirección les ordenaba ocultar las donaciones de empresarios. Ni, por supuesto, a la enorme cantidad de mentiras y bulos que el partido difunde a diario y abiertamente, sin ningún tipo de pudor y sin pedir disculpas cuando se destapan. Su discurso es aterrador, extremadamente agresivo y está basado en el odio por el odio, en el supremacismo machista y capitalista, avalado por las grandes empresas, que esperan embelesadas un mercado aún más liberal y salvaje, donde la clase trabajadora pierda los pocos derechos que le quedan y donde sus impuestos sean aún más bajos y puedan imponer la esclavitud actual sin miedo a represalias.

Pero, sin duda, otro punto interesante de Vox que sus posibles votantes deberían tener en cuenta es el que hace referencia a la “vieja política”. A Santiago Abascal se le llena la boca con que su partido habla claro y quiere destruir la política tradicional, haciendo resurgir la vieja gloria de España ya perdida. Sin embargo, él no es muy diferente a quienes critica. De hecho, ni siquiera ha trabajado fuera de la política, si se puede considerar trabajar lo que ha hecho dentro de ella. En los últimos días se hacía pública la información sobre la Fundación para el Mecenazgo y el Patrocinio Social, que Santiago Abascal dirigió en 2013. Concretamente, sabemos que su sueldo fue de 82.000 euros, la fundación recibió más de 180.000 euros en subvenciones y no realizó ningún proyecto. Ninguno. A pesar de todo esto, cerró el año con casi 35.000 euros en pérdidas. ¿Cómo es posible? Según sus informes, entre otras cosas, 73.000 euros se fueron en “gastos de actividad” en pagos de honorarios a asesorías externas o auditorías profesionales de mantenimiento de servicios informáticos. Si algo podemos deducir de todo esto es que Santiago Abascal es un número uno a la hora de gastar dinero sin hacer nada y sin resultados.

A todo esto hay que añadir su vida anterior a Vox. Hijo de un histórico miembro de Alianza Popular, el primer partido heredero ideológico del franquismo, y nieto de un alcalde franquista de Amurrio (Álava), se afilió al Partido Popular con dieciocho años. Con apenas 23 años, en 1999, salió elegido como concejal del PP en el Ayuntamiento de Llodio, para pasar más tarde por la presidencia de Nuevas Generaciones en el País Vasco y varios cargos más dentro del partido a lo largo de los años, incluido en el Parlamento Vasco. Es amigo personal de Esperanza Aguirre y conocido de quienes formaron gobierno con Ignacio González, quien presidía la Comunidad de Madrid cuando la fundación mencionada antes recibió los 180.000 euros de subvención. Pero lo más intrigante es que el mismo día que se disolvió aquella fundación, Vox se constituyó como partido: el 17 de diciembre de 2013. Es decir, Santiago Abascal nació en una familia política y no ha vivido ni trabajado en ningún momento fuera de ella, es decir, no conoce en absoluto la realidad, habla desde la más absoluta inexperiencia y con ideas vacías. Y son precisamente personas como Abascal, Pablo Casado o Albert Rivera, con trayectorias similares, quienes hablan de meritocracia, ignorando que, si realmente se valorara a la gente por sus méritos, ellos no estarían ni de lejos donde están.

Santiago Abascal no tiene nada nuevo que aportar a la política, excepto más xenofobia, homofobia y misoginia, aunque a él se le llene la boca hablando de España, bandera, nacionalismo, patria, himno y militares. Respecto a esto último, no dudó en solicitar varias prórrogas en su juventud para evitar el servicio militar, cuya obligatoriedad terminó en 2001. Así, el paladín de España huyó literalmente de uno de los pilares de su particular “patria”, el Ejército.

Vox es una amenaza real, como el resto del fascismo emergente en Europa y América. Su discurso se derribaría fácilmente apelando a los derechos humanos más básicos y, simplemente, a la humanidad, si no fuera porque su público objetivo es esa parte del pueblo con ideas fijas que se niega a reflexionar y se deja embaucar fácilmente por cualquiera que establezca una cabeza de turco, ya sea la migración, la mujer o el ser diferente en general. Todo con tal de ocultar al verdadero culpable de la miseria y el empobrecimiento tanto social como moral de la población: el sistema capitalista salvaje, consumista y superficial en que vivimos, un sistema que ni Vox ni el resto de partidos principales se atreve a cuestionar en su totalidad.

Imagen: Contando Estrelas